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Camino de Santiago

Hoy, y ahora, debería estar leyendo como loca el libro que no tengo porque no pudo pagar, y de cuyo contenido me examino en poco menos de 4 horas. Cuenta 0,3 puntos de mierda en la nota final. Hoy no es, para nada, el momento para preocuparme de estudiar 200 páginas del libro, tengo más cosas que hacer. Estoy organizando el Camino de Santiago para 35 estudiantes de intercambio, algunos de los cuales ni siquiera viven en España. ¿Sabes lo que es eso? Gestionar reservas, transportes, transferencias internacionales de dinero, llevar la contabilidad, redactar los permisos legales, elegir las actividades y el material, encargarme de la comunicación con los participantes, con los padres, enviar periódicamente notas informativas, reservar plaza en los restaurantes, elegir menús adecuados para el vegetariano, el celíaco y el que detesta las lentejas; buscar información sobre las obligaciones legales de los campamentos en Galicia, encontrar voluntarios dispuestos a participar, leer sobre rutas, geografía y concellos, ¡una maldita locura! Desde que comencé a preparar todo esto hace ya 18 días no hago otra cosa que hablar por teléfono y redactar emails para conseguir que esta actividad salga perfecta; y sólo los domingos puedo dedicarme plenamente a ello.

La actividad es para una ONG en la que hago voluntariado. Claro que esta vez no es voluntariado, me pagarán por realizar la actividad, dado el lío que conlleva: es decir, que para mí es como si fuese un trabajo. Y dado que sigo esperando la resolución de mi beca, mi prioridad es trabajar para poder pagar el alquiler. Esto es mi prioridad. Gestionar reservas, transportes, transferencias de dinero, llevar la contabilidad, redactar permisos legales, elegir actividades y comprar el material, encargarme de la comunicación con participantes y con sus padres, elegir menús adecuados e informarme sobre la geografía gallega. Porque de ello vivo.

¿Y cuando acabe por hoy? Bien, cuando acabe por hoy con esta locura, tampoco tengo tiempo. Me espera una laaaaaarga tarde estudiando física, asignatura que sólo he estudiado durante un trimestre en toda mi vida. ¿Que por qué estudio física? Pues por trabajo, claro. En la academia en la que curro, la física no se va a enseñar sola. Así que a estudiar las energías, el calor, el movimiento, a preparar unidades didácticas… Sin ayuda y sin libros, pero con ánimo y valentía. ¿Y qué si no he tocado un maldito número desde que acabé la ESO?, ¿y qué si la última vez que estudié algo de ciencias ni siquiera había comenzado a depilarme?

Y ya, una vez me haya asegurado que esta semana podré hacer frente a mi trabajo y podré ganar el pan una vez más, me podré centrar en estudiar.

Y no sacaré un 7 de media, pero creo que mi trabajo, mi esfuerzo, y todo lo que estoy haciendo por sacar esto adelante no se expresa en números, señor Wert.

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La pizzería

He entrado al trabajo andando rápidamente, dirigiendo mis pasos firmemente hacia los vestuarios. Apenas había cruzado la puerta de la cocina (la primera de todas las que hay que atravesar para llegar a los cambiadores) cuando escuché a mi jefe gritar mi nombre en tono muy serio por detrás.

Ya está, ya la he liado. Ayer dejé el local hecho una mierda. Prepárate para la mayor bronca de toda la hist…

¿Qué tal estás? Me ha contado que ayer te encontraste mal– me dice en un tono de voz dulce y cálido desde el otro lado del pasillo.

Le agradezco su interés, le cuento que me bajó la tensión, pero que ya me encuentro mucho mejor. Él insiste. ¿Seguro que estás bien?, ¿de verdad?, si te encuentras mal en cualquier momento dímelo, ¿vale?. Vuelve a la cocina tras dedicarme una amable sonrisa. Un verdadero encanto de jefe.

A lo largo de la tarde se me acercan todos los trabajadores que me ven a preguntarme qué tal me encuentro. O me vieron anoche, o han escuchado lo pálida que estaba. Y en este punto tengo que decir que yo no soy precisamente sociable, que yo a la empresa voy a currar y tiendo a relacionarme con la gente menos que los demás; pero mírales, qué encanto que son todos, preocupándose por mi. Me cuenta una de las chicas que ayer, sin que yo me enterase, le pidió al encargado sustituirme en las tareas de cierre para que yo pudiese irme pronto a casa, pero él se negó. De él me lo esperaba, ese encargado es, digamos, especial. Pero de ella, que se ofreciese a sustituirme un viernes por la noche hasta las tantas, y además sin decirme nada, sin hacer alardes, por preocupación verdadera y no por quedar bien o por demostrar ser buena compañera… eso es compañerismo. Eso es ayuda. Eso es humanidad. Ya ve: su ministerio es incapaz de tender una puta mano para solucionar la situación que estamos viviendo todos los estudiantes que, a dos meses del final de curso, seguimos esperando la beca; son mis compañeros de trabajo los que con una sonrisa me alegran el día y me dan ánimos cuando estoy cansada, aunque yo sea tan antisocial que pase mi tiempo más concentrada en las pizzas que en estas estupendas personas que me rodean.

En algún momento indeterminado de la tarde se me ha caído al suelo el tupper de la carne de vacuno. 4 o 5 kilos. Carne. Cara. He mirado apuradísima a mis jefes, al ver la cantidad de comida que se ha desperdiciado. Me van a matar. Veo sus miradas deslizarse al suelo y subir lentamente hasta encontrarse con mis ojos. Acojonada.

Respondo a sus miradas… y me encuentro con dos sonrisas.
¡Anda queee! Vale que dije que sobraba carne y que echaseis más en las pizzas, pero tal vez esto es pasarse. Curioso tu método de controlar los excedentes de materia prima, ¿eh? Muy eficaces– bromean.

Ya ve. Si es que hasta esta gente, que está puteada currando 50 horas por semana en un trabajo de mierda, que ha tenido que dejar los estudios por motivos varios y ahora se encuentran sin otra salida profesional que trabajar poniendo bacon, jamón y extra de mozzarela en las pizzas, es mucho más humana, cálida y comprensiva que usted y casi todos los trabajadores que de su ministerio dependen, que me hablan de malos modos cada vez que les suplico que me expliquen qué pasa con mi beca, y que me han soltado frases tan agradables como “si no tienes dinero, no haberte puesto a estudiar“.

Y supongo que puedo agradecer el encontrar este ambiente tan acogedor, ya que gracias a usted mi futuro se haya en él.

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Viernes

Me llamará usted pesada, no lo dudo. O quejica, tal vez. Pero, créame, es la única persona a la que puedo dirigir estas cosas. Porque si le cuento a mi familia lo que ocurre, se preocupa; si se lo cuento a mis amigos pensarán que exagero, o les importará un bledo; si se lo cuento a mis compañer@s de trabajo, sencillamente me mirarán con resignación, pues sus vidas son iguales o peores. Así que se lo cuento a usted, el responsable de que mi vida vaya a continuar así laaaaargo tiempo.

Hoy viernes, me tocaba currar en la pizzería por la noche. No llevaba más que una hora allí, cuando empecé a encontrarme un poco mal. Ya me había dado cuenta de que hoy estaba especialmente lenta al colocar los ingredientes, pero esto empezaba a preocuparme. Me sentía como sin fuerzas. Como cansada. Me costaba un poco respirar. Se me nublaba la vista al colocar los cacharros en la zona de secado, a la altura de mi cabeza. Ufff. Salgo corriendo al baño.

– ¿Dónde vas? -me dice el encargado-. Hay pizzas por hacer.

Le suplico que me deje ir al baño, que me encuentro mal. Se limita a mirarme con el ceño fruncido. Una de mis compañeras intercede por mí. “Déjala ir, ¡mira que si vomita aquí, encima de todas las pizzas y delante de los clientes!“. Voy. Bebo agua. Me aflojo el sujetador. Humedezco mi cara con agua fría. Vuelvo al trabajo.

Pero se vuelve peor. La vista se me nubla a cada movimiento; soy incapaz siquiera de fregar un vaso. Me arde la cabeza como jamás había experimentado, producto del calor infernal que aguantamos las chicas de cocina. Me cuesta respirar, me cuesta mucho, tengo que concentrarme en ello y hago ruido al intentarlo. Me desconcierta profundamente. Una bajada de tensión no produce problemas respiratorios. No soy asmática. No es ansiedad, porque jamás he tenido una crisis y porque no siento miedo, sólo ganas de irme de aquí.

Intento continuar con las pizzas y una compañera, la última que queda, me ve jodida. Me pregunta qué me pasa. Me doy cuenta de que si el jefe se entera de que me encuentro tan mal que no puedo dar dos pasos seguidos sin comenzar a ver en negro, le joderán a ella y le pedirán que me cambie el turno, y que salga a las dos de la mañana; y eso es una señora putada. Así que intento fingir estar bien y le respondo que nada, que sólo estoy algo mareada. No tengo fuerzas para hablar, la voz me sale terriblemente temblorosa, parece que intento contener las lágrimas, cuando lo que en realidad intento es contener las fuerzas. Que le jodan a la pizza. Me voy al almacén poniendo la excusa de que falta cualquier ingrediente, cierro la puerta por dentro y me tiro al suelo intentando reunir fuerzas para volver a levantarme.

Escucho pasos, viene el encargado. Cojo lo primero que pillo y salgo. En vez de ir a cocina, me voy al baño. Cierro la puerta y me escondo en el aseo, sentada sobre el WC. Escucho a mi compañera pasar a los vestuarios a quitarse el uniforme; se va a casa. Ahora soy la única auxiliar de tienda que queda: antes o después, el encargado me echará en falta en cocina. Me importa una mierda. Dejo pasar el tiempo mientras el repartidor, ajeno a mi estado, realiza mi trabajo de limpieza, preguntándose, posiblemente, dónde estaré yo, y cagándose en todo mi árbol genealógico al fregar carros y ordenar pizzas.

He pasado más de una hora así. Más de una hora con la tensión echa mierda, deseando perder del todo la consciencia, que alguien llame a una ambulancia, que me lleven a otro sitio y que le jodan al local, a sus cacharros para fregar, a la zona de secado alta, a las neveras bajas que me obligan a agacharme continuamente, y a sus cajas de hasta 12 kilos que constantemente hay que transportar de un lado a otro. Pero el cuerpo, aunque fuerte, es tonto, y hace todo lo posible por resistir. Y aunque no me lo creía, tras hora y media recuperé las fuerzas y pude continuar con las tareas de cierre del local. Limpia, frota, barre, friega, seca, guarda, ordena, pesa… pensé que no acabaría nunca; he perdido un valiosísimo tiempo de trabajo escondiéndome del encargado para intentar sobreponerme a mis mareos, y ahora, a la hora de cerrar, se paga. Pero a eso de las 02.15, el encargado, que ha quedado para irse de fiesta, me dice que me largue.

He dejado el local hecho un desastre. Mañana el jefe nos echará la peta– digo.
Sí, lo sé… Bueno, les contaré que comenzaron a darte mareos y que me ha tocado guardar y ordenar casi todo a mí… todo, de hecho.

Le miro a ver si bromea, si miente o si exagera, pero en su cara no se refleja ninguna de estas tres posibilidades. Mientras yo, al borde del desmayo, he fregado todos los malditos utensilios y gran parte de la cocina; mientras mi compañera ha recogido y limpiado la mesa y los hornos para ahorrarme trabajo, mientras el repartidor hacía horas extra fuera de sus labores contractuales para limpiar y ordenar los dos almacenes… al final, el que se llevará el mérito, será el encargado que se pasó la noche en su despacho comiendo pizzas.

Y la hora extra no me la pagan.

He llegado a casa a las 03.36 a.m. Con la noche que he tenido, mi cuerpo y mi lógica me reclaman dormir. Pero no puedo. Porque el domingo tengo examen (sí, ha leído usted bien, el domingo). Son 200 páginas y cuenta un 0,3 de la nota; en situaciones normales me reiría y pasaría olímpicamente de un examen que exige tanto esfuerzo para tan poca recompensa, pero no puedo. Como a usted no le sale de la corbata dar becas a la gente en mi situación, tengo que asegurarme de sacar matrícula de honor en todas las asignaturas de mi segunda carrera, para saber que, al menos, no tendré que pagar matrícula el año que viene. Y aquí estoy. Son las 4 de la mañana, y me voy a estudiar psicología. Buenas noches, querido Wert, que descanse usted que puede.

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