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De mudanza

Esta clase de entrada me daba menos vergüenza cuando pensaba que no me leía ningún conocido. Ahora que sé que sois varios… bueno, solo pediros que si lo que escribo tiene poco sentido o es muy ridículo le echéis la culpa al resfriado, al sueño atrasado o al estrés de los exámenes. Gracias.

He pasado cinco meses en Madrid escuchando insólitas historias en boca de cualquiera. Durante veinte semanas he jugado a no juzgar, a no pensar, a no plantear si es verdad, mentira, fantasía, o delirio; si me encontraré alguna vez todas esas palabras escritas en algún libro, y si se tratará de alguna novela escrita por algún trasnochador en siglos pasados. He seguido la premisa que hace años me planteé: si alguien necesita ser escuchado, escúchale. Qué más dará el contenido.

He jugado a ser cercana, a ser persona, a ser más humana de lo que nunca he sido. He probado a ser siempre abierta y simpática y a dedicar a diario un tiempo a gente a la que jamás habría dedicado mi mente un minuto. He seguido el rollo a cualquiera para tratar de averiguar donde está el límite. He conseguido muchos amigos, colegas, conocidos. No sé qué es quién, quién es qué. Tal vez lo único que tengo es una colección de patologías discretas a las que lo único que me une es cierta simpatía por mi parte. Quizás soy yo la rata de laboratorio. Quizás es esto lo normal.

He buscado en todas partes un resquicio de verdad. He escuchado monólogos que jamás pensé que oiría, he hojeado libros de todas las temáticas que mis manos encontraron, visto películas con la intención de hallar un poquito de verdad. Yo no valgo para esto. He observado el mundo, subrayado libros sagrados, asistido a demostraciones de cualquier filosofía, debatido sobre mil teorías al calor de mi cigarro, y no he hallado ninguna verdad. No encuentro verdades sobre el mundo, no encuentro verdades sobre mi entorno; cambio tan rápido que cuando creo conocerme ya soy otra.

He probado a embrutecer la mente. Adormecí mi cerebro con vodka, enturbié mis pensamientos con maría, me ensordecí ante mis propios pensamientos elevando el volumen del electro hasta intentar no sentir. Nada de esto me pega; nunca lo hizo. He estado bebiendo los más variados alcoholes hasta ver salir el sol, hasta elevarse en el cielo y comenzar a caer, abrigada bajo una manta y algo de compañía. Siempre me quedo la última; cuando los demás duermen y nos quedamos dos o tres en vela es cuando surgen mejores conversaciones. Pero de nada ha servido buscar en el día y en la noche, en los sofás, las terrazas, la calle, los libros, la Biblia, el cine, en las personas, en la sobriedad y en las botellas. Si acaso algo he conseguido son retahílas de palabras que preferiría no conocer y una tolerancia al alcohol que comienza a resultarme preocupante. Anécdotas absurdas que algún día olvidaré; personas que dentro de poco, siendo poco subjetivo, desaparecerán de mi mundo y quizá ni reconozca cuando las vuelta a ver.

He pasado días sin dormir para aprovechar al máximo cada momento. He tirado por tierra mis valores morales para buscar sin prejuicios motivación en la vida. No debería; más allá de lo inculcado solo hay vacío.

Madrid no tiene ya más que ofrecer; no por ahora. Con más preguntas de las que traje y una sola idea en la cabeza, en ocho días dejaré esta ciudad. ¿Para ir a dónde? Aún no lo tengo claro. Quizá incluso me arrepienta y vuelva en cuestión de semanas, porque ante todo he de decir que aquí no estoy en absoluto mal. Si de algo me quejo es de que todo parece demasiado fácil y no hay tiempo para pensar; si salgo del trabajo a media noche a media noche y un minuto ya me están llamando para quedar. No es el lugar idóneo para tratar de comprender el mundo, pero sí para disfrutarlo.

Cierro la primera maleta y miro la estantería. Aún quedan demasiados libros por guardar.

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enero 22, 2013 · 7:50 pm

Independencia

Decían que independizarme me enseñaría a crecer, pero en realidad me ha enseñado a querer vivir.

He aprendido que da igual llegar arriba o abajo, que me la sudan los diplomas y los títulos. Lo único que quiero es la experiencia. Mirar hacia el pasado y decir: “yo hice esto” o “en esto la cagué“. Y ese aprendizaje será siempre más profundo y personal que simples palabras memorizadas de un libro.

He aprendido que me la suda el dinero, la responsabilidad económica. Que sí, que sería bonito vivir sabiendo que el mes que viene volveré a poder comer, pero no es mi caso. No tengo dinero y no pienso preocuparme por él. Seré feliz con lo que tengo, y lo disfrutaré. Dejemos eso de ahorrar a la gente tan rica de espíritu o de billetes que no tiene la capacidad de disfrutar de un capricho.

He aprendido que me la suda el tabaco y el dinero que en él invierto. He conocido más gente fumando en la puerta del trabajo que en seis años de instituto rodeada todo el tiempo de personas. Me ha quitado más penas un cigarro que cualquier amigo con palabras bienintencionadas. Me quita una parte de mi vida, sí, pero afrontemos la realidad: ¿para qué quiero una vida tan larga?

He aprendido que no por ganar más es un mejor trabajo.

He aprendido sobre la soledad. Vaya que si he aprendido. A estar sola, totalmente sola, sin compañía física ni mental, sin que nadie me comprenda ni entienda mi idioma. A estar sola físicamente, pero rodeada en la distancia de los mejores amigos del mundo. A estar físicamente acompañada, a salir de fiesta cada día hasta las 8, a tener decenas de contactos en el móvil y saber que para todos ellos se queda grande la palabra amigo. A estar conmigo misma, y puedo decir que eso ha sido siempre lo más duro.

He aprendido que la cerveza hace amigos, pero que me la sudan todos ellos. Que hay que buscar entre la mierda para encontrar a esas escasas personas que merecen la pena, que no necesitas vodka para aguantarlas.

He aprendido a apreciar a aquellos que ignoraron los 600 km que separan Burdeos de Madrid y mantuvieron el contacto cada día. A quienes no les importa que ahora viva a una hora de distancia, y siguen visitándome de tanto en tanto. A quienes no llevan la cuenta de cigarros y caladas. A quienes se toman la confianza de venir a casa y eternizar sus visitas; a ellos les adoro. A los que sabiendo que no tenía un duro para salir se han venido a casa un sábado por la noche acompañados de la cena y unas birras. A quienes no se comportan como si fuesen invitados, y si quieren cocinar cocinan, y si quieren fregar friegan. A quienes han hecho el esfuerzo en retomar una amistad que yo, sinceramente, no recordaba.

He aprendido a dar un abrazo.

He aprendido que prefiero una conversación con una persona interesante que un fin de semana de fiesta sin parar. Que si la conversación es a oscuras y de madrugada da igual de qué se hable, porque bajo la luz del cielo nocturno cualquier conversación es especial.

He aprendido que quiero vivir, sea lo que sea eso. He aprendido que no me queda clara la definición de “vida“; solo sé que no es eso que pasa entre sueños, ni entre pantallas ni libros. Que sí, que para un rato está bien, pero no quiero gastar mi tiempo leyendo la vida de otros. Quiero que mi vida sea ésa sobre la que merece la pena escribir. Quiero que cada cosa que hago me apasione, quiero sentir cada día ese hambre de hacer algo diferente, de tener siempre algún reto por superar.

He aprendido que la lavadora o las facturas son lo menos importante. Lo fácil. Que lo complicado de la vida es levantarse un domingo a horas más que indecentes, cansada, quizá de resaca, y sin compañía que te haga olvidar las penas que los domingos traen consigo y aún así tener fuerzas para aprovechar el día.

He aprendido que adoro mi ciudad. Que se me parte el alma cuando estoy lejos, que besaría el suelo cada vez que regreso y veo Madrid despertando con el alba. Siempre regreso a la hora de desayunar para sentarme en cualquier bar de la zona a ver maletines y trajes, deportivas y vaqueros, pasar rápidamente delante del cristal camino al trabajo. Me dan pena esas pobres almas que siguen un ritmo de vida tan poco natural a cambio de acumular millones en sus cuentas bancarias; yo con un vaso de zumo soy feliz.

He aprendido que no volveré a estresarme por un trabajo que no sea el de mis sueños; no me merece la pena.

He aprendido que mi memoria es una mierda y que antes o después todo esto desaparecerá de mi cabeza. Los compañeros, los amigos, los momentos, los lugares… antes o después todo pasa a ocupar un lugar inaccesible de la mente. Dentro de cinco, tal vez diez años, recordaré caras borrosas, algunos nombres, anda, ¿tú estabas allí esa noche?, no me acordaba. Será triste olvidar lo muchísimo que ha significado esta ciudad para mí. Pero hoy puedo sonreír. Porque aunque no sepa hasta cuando, de momento vivo aquí.

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Báilame el agua

Sí, sé lo que quiero.

Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones. Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca la luz del sol. La noche es mágica. Me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento. Rompe mis esquemas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, sentarme en el suelo y meterme algo de vida en el cuerpo. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar. Me recuerda que soy mortal. Me recuerda que soy normal. La noche me hace único. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

 

Fragmento de Báilame el Agua, de Daniel Valdés.

Técnicamente este blog trata sobre educación, no sobre cosas chachis que he leído últimamente, lo sé. Pero técnicamente todo encaja, ¿no? Todo es parte de lo mismo. La educación es parte de la enseñanza. Los valores son parte de la educación. Los valores son parte de la sociedad. La sociedad es parte de las personas. Sin reflexionar sobre personas, sociedad y valores no se puede intentar mirar más allá.

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Motivos para llorar

Querido señor Wert,

hoy tengo ganas de llorar.

He querido llorar cuando me he acercado esta mañana a manifestarme a Sol. He querido llorar cuando he visto a todos esos chavales, aún más jóvenes incluso que yo, quejándose por un sistema que les parece injusto, pero que es el único que conocen. He querido llorar cuando he visto una vez más a tantos jóvenes haciendo algo, para ser considerados luego niñatos, basura de la sociedad. He querido llorar al escuchar a los del sindicato, al ver las banderas de la república: ¿qué es eso? Sé que la educación es ideología, que la ideología es política, pero mantengamos la política lo más alejada posible de estos temas. Juegan con nosotros como títeres, nos toman el pelo, se ríen de nosotros mientras damos vueltas sin encontrar la salida a una situación que nos ha venido impuesta y que nos supera a todos, que no sabemos cambiar.

Lloro al llegar a casa y leer el artículo Sobredosis de Realidad. Lloro al pensar en esos chavales que tienen menos aún de lo que ha tenido mi gente, pues, por mucho que ahora la crisis afecte, he crecido en un ambiente de clase media, y no me puedo quejar. Lloro al pensar la vida que llevan esos chavales. Vivo en un barrio de características similares a las del artículo. Veo a diario críos de trece años con la cabeza sin amueblar, pero muy inteligentes, eligiendo las calles en lugar del aula en el que deberían estar. Veo a diario a verdaderos niños fumando (y ojalá fuese solo tabaco) escapando de las normas impuestas por una sociedad diseñada para cualquiera menos para ellos. Veo a diario estudiantes de todas las nacionalidades entrando a los institutos cercanos a mi casa y casi dan ganas de abrazarles y felicitarles cuando aprueban la ESO o Bachiller, porque cada uno de esos aprobados merece la pena mucho más que una colección de sobresalientes de esos niños de barrios pijos que no moverán un dedo hasta los 25 y que a su disposición tienen toda una colección de profesores particulares. Y lloro, ¿sabes? Porque no es justo que mi vida sea tan tranquila y haya gente tan jodida en mi entorno, en mi propio vecindario. Y no entiendo, ni entenderé, como pueden no llorar los de arriba. Que apenas son niños, ministro. Su papel en la vida es ser niñatos egocéntricos. Pero no veo niñatos egocéntricos cuando les miro. Veo niños con miradas de adultos. Veo niños que se preocupan porque no tienen con qué comer, con qué pagar libros. Veo niños que roban, que cultivan y venden marihuana para ayudar a sus padres a pagar la compra del mes. Y aún tenemos cojones a llamarlos delincuentes.

No todo es culpa suya, Wert, soy consciente. Los problemas en educación se arrastran desde hace años, las desigualdades también, están ahí desde hace mucho. Pero es usted quien tiene la capacidad de cambiarlo.

Venga a mi barrio, Wert. Mire a mis vecinos. Llore conmigo.

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Sin tiempo para actualizar

Aquí donde me tenéis estoy que no encuentro tiempo ni para ir al baño. Tampoco es que me mate a hacer cosas (todavía), pero he comenzado con mucha ilusión los cursos en la universidad (que no sé si podré pagar o no, pero en fin, tengo asignaturas interesantísimas y me lo paso estupendamente leyendo el temario), he decidido centrarme este año en autoformarme a través del arte (y ver películas, museos y leer cualquier cosa que caiga en mis manos lleva su tiempo), hacer deporte (patino a diario), entregar un proyecto de un curso que hice antiguamente (haleee, a redactar 100 páginas), trabajar (en lo que surja), voluntariado (intentando entrar a una nueva organización, y muy ilusionada con la idea) y buscar lo que amablemente voy a definir como medios alternativos de autofinanciación, que una ya no sabe si meterse a puta o vender órganos (¿alguien me regala.. qué os digo yo… 2000 euritos para pagar la uni? ¿Así, por mi interfaz bonita?). Técnicamente llevo unos cuatro meses de nini por la vida, pero creo que tenía subestimados a los ninis. En serio.

Por eso no he escrito estos días, pero voy a intentar dedicar hoy una horita antes de irme a dormir para contestar emails, comentarios y escribir un minipost o dos. Muchísimas gracias a todos por vuestro interés en esta página durante las últimas semanas. De verdad, se agradece muchísimo el llegar a casa y ver vuestras preguntas por aquí. Por desgracia (aún) no puedo contestar a todas, pero no dudéis que me informaré de lo que haga falta para contestar 😉

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Un año

No tiene nada que ver con la tónica habitual de este blog, pero me apetecía publicarlo.

Y es que ayer (aunque para mí todavía sea hoy) se cumplió un año desde el día en que firmé mi primer contrato de alquiler en una de mis dos ciudades favoritas en el mundo. Jamás pensé que tendría la oportunidad de vivir allí, y sin embargo… ¡Un año! Y cada día amo más esta ciudad que tan feliz me ha hecho (perdón por tanta ñoñería, os juro que normalmente no soy así).

Podría estar viviendo en muchísimas ciudades del mundo ahora mismo. Podría, de verdad. Me han ofrecido trabajo en Mónaco y Niza, voluntariado en Rumanía, en dos ciudades distintas de Polonia, en Argelia, me habían concedido la Erasmus para Portugal, he estado trabajando en Lisboa, en Marsella, en… pero, ¡bah! Ninguna ciudad supera mi adorada Madrid.

Supongo que no ha sido un año del todo fácil. Me río al escuchar a quienes piensan que este año ha sido un cuento de princesas para mí. Ay, qué encanto. Por supuesto que ha habido momentos malos, pero no tiene sentido recordarlos. O al menos no sin una sonrisa en la boca. Quién me iba a decir a mí que algún día no tendría dinero para comer, hasta el punto de acabar llorando de la felicidad al ver dos bolsas con comida. No, no exagero. ¡¡Manzanas!! Nunca me han gustado especialmente las manzanas, pero aquel día me hicieron totalmente feliz. Quién me iba a decir a mí que acabaría recurriendo a truquillos (medianamente) indignos para poder sobrevivir… y que me reiría tanto de ello. No, no ha sido un cuento de princesas, pero con sapo o sin él ha sido un cuento. Mi cuento. Y no lo cambiaría por nada en el mundo.

Pero hay algo que sí que ha cambiado: yo. Uno de los aspectos más duros de este año ha sido aprender a vivir con gente. Soy lo suficientemente antisocial para que vivir con gente supusiera todo un reto. Y… bueno, reto superado. No solo he aprendido a soportar seres humanos, si no que he conseguido confianza suficiente para que los seres humanos con los que vivo lo sepan prácticamente todo sobre mí, aunque no sea yo quien lo haya elegido. Y luego todo ha ido mejor. El aprender a escuchar sin huir después. El ser capaz de hablar de mí sin haber bebido especialmente. El medir a la gente de un modo distinto… y es que si algo ha hecho este año especial ha sido la gente, ¿sabes? La gente que me vio jodida y me prestó dinero para poder pagar la fianza. La gente que al ver que no tenía un duro para salir me dijo “este finde me voy a tu casa.. y llevo la cena y un par de cervezas“. La gente que tuvo paciencia en enseñarme las cosas del día a día que no conocía. La gente que me vio llorando y miró a otro lado para no incomodarme. La gente que pese a todo siguió visitándome, siguió viniendo a mi piso cada dos o tres findes. La gente que confió en mí y me entretuvo con su vida hasta altas horas de la madrugada. La gente (y de estos hay pocos, pero son valiosos) que se hizo merecedora de mi confianza. La gente que escuchó cosas que pensé que jamás querría que nadie escuchase, no le dio importancia y me contestó cualquier chorrada para sacarme una sonrisa. La gente que no pasó de mí y, pese a tenerme algo lejos, siguió dándome conversación a través de facebook. La gente que tomó confianza para saber que en mi piso tienen una cama cuando quieran, y que no se molestan ni en preguntar si se pueden quedar a dormir porque directamente saben que pueden, que dormiría en el suelo para que ellos tuviesen colchón, si hiciera falta. La gente que aún a estas alturas me sorprende cada día. La gente que comprendió aquellos meses que estuve sin ganas de salir y que no me pidió explicaciones cuando tuve ganas de volver a verles, aunque llegara dos horas tarde a cada quedada.

Esa gente.

No siempre he sido justa con vosotros y lo sé. A muchos os he fallado, de otros he pasado, a otros no os he sabido agradecer las cosas como debería. No es fácil, y lo digo en serio: soy demasiado especialita para deciros en persona y con sinceridad lo mucho que aprecio todo lo que habéis hecho por mí, pero hay nueve personas (¡nueve! Jo, si así dicho parece que tengo hasta amigos) que, cada una a su modo, me han ayudado a hacer de este año algo único y memorable.

A todos vosotros: gracias.

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Dejar los estudios

Querido ministro Wert,

mañana es mi último examen de recuperación. Así que, en más o menos trece horas, dejaré oficialmente de poder llamarme a mí misma universitaria.

No diré que es su culpa, porque tengo que reconocer que finalmente la convocatoria de becas ha tenido un nivel de exigencia decente. Entiendo que quiera elevar un pelín la nota media mínima para recibir becas, pero finalmente ha dado el aviso con antelación de un año. Me parece adecuado. Quien quiera recibir beca y no cumpla en este momento los requisitos académicos tiene todavía un largo curso por delante para conseguir cumplir todos los puntos de la convocatoria. Es justo.

Por eso en realidad no puedo echarle la culpa a usted. Ha sido más bien la ineptitud de una antigua empresa (que me provocó problemas con Hacienda), la lentitud y rigidez del sistema burocrático (que no comprendió que para mí la beca era una necesidad literalmente vital, por lo que, sin empatía alguna, me mantuvo cruelmente durante ocho meses esperando el dinero diciéndome continuamente que fuese paciente, que en tres o cuatro semanas me darían noticias), y quizá también las exigencias del mercado laboral (que me ha obligado a faltar a exámenes, a clases, a pasar doce horas al día en el trabajo, a empezar a currar a las seis de la mañana y acabar pasada la medianoche, a volver a casa a las cuatro de la mañana teniendo clase al día siguiente). Por esto decimos que los recortes en educación nos afectan a los pobres, señor Wert. Nadie me ha mantenido económicamente, no he tenido un colchón que me permitiese dedicarme ociosamente a estudiar durante el año. Hay que verse en esta situación para conocer el estrés, ese estrés que me ha provocado alteraciones del sueño en ciclos de imsomnio e hipersomnia durante todo el curso… la ansiedad, el miedo a fallar, a no ser capaz de abarcarlo todo. Los nervios… y finalmente la apatía, y el odio a los estudios. Pasar de estudiar aquello que amas con el corazón a mirar los libros de reojo y pensar que no tienes fuerza para abrirlos. En estos meses ha disminuído seriamente mi capacidad de concentración, he vuelto a tener anemia debido a los meses que no pude alimentarme bien por no tener un duro, he pasado incluso semanas sin ver, por no tener dinero para comprar gafas.

Qué milagro hubiese sido sacarme los estudios en este ambiente. Y más aún luchando contra las exigencias de asistencia de Bolonia. Puedo describir este año como una continua lucha con el tiempo, el dinero, la universidad y el gobierno. He sido muy feliz, pero también me he agobiado. Y si algo he descubierto en este año es que no tengo fuerzas ni ganas para continuar así.

No puedo ni pienso pagar los 2700€ que cuestan mis estudios este año. Más los libros, la comida, el transporte y el alquiler… No puedo ni pienso seguir eternamente trabajando toda la tarde y media noche y tener aún el valor de madrugar el siguiente mediodía. No voy a pasarme cuatro años de carrera y dos de máster manteniendo esta vida para acabar en un trabajo que quizá ni siquiera me guste.

Me gusta leer. Abrir un libro y perderme en sus páginas, aprender de él y hacerlo por voluntad propia, no por la presión de los exámenes de febrero. Y ver películas: disponer de tiempo y volver a desarrollar la capacidad de centrarme durante hora y media en la pantalla… ni siquiera recuerdo la última vez que vi una película sin tener que parar a la mitad para ponerme a hacer cosas, o sin que mi mente volase durante horas a otras fuentes de problemas sin concentrarse en absoluto en el argumento. Y me gustan también las pequeñas cosas. Cocinar comida rica, sin limitarme a elegir lo que menos tareas y tiempo lleve de la despensa. Hablar con mis amigos durante horas, sobre tonterías o cosas importantes. Tener tiempo de ir a exposiciones. De tumbarme en la cama sin pensar nada. De ir al parque. De hacer deporte. De dedicarme a patinar, a la fotografía, a la escritura. A todas esas cosas que no me he podido permitir en los tres años que llevo mantiendo este estilo de vida.

Ha sido un año muy estresante, mucho. Podría haberlo superado, haber seguido adelante. Pero este verano he conocido gente que me ha enseñado muchas cosas. La más importante, que no me interesa el dinero. Y no me interesa tener una carrera si para terminarla voy a pasar mi vida sin vivir.

Seguiré con los estudios más adelante, cuando vuelvan a ser un hobby y no una obligación. Mientras tanto, sé perfectamente que hoy en día hay exceso de trabajadores con estudios superiores, que lo que hace falta es gente con ganas de trabajar, y que yo las tengo. Que me voy a vivir la vida, señor Wert. Haga lo que quiera con sus leyes y planes educativos. Je me barre. Je m’en fiche.

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