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Usted puede ser todo lo bueno que quiera ser (Paul Arden)

3. Puede alcanzar lo inalcanzable
Ante todo debe aspirar a metas que superen sus posibilidades. Debe desarrollar una indiferencia completa a las limitaciones que le imponen sus capacidades. Intente hacer las cosas que se vea incapaz de hacer (…) Tenga una idea clara de lo que quiere conseguir y hágalo. No hay nada imposible.

5. ¿Se ha dado cuenta de que los más listos del colegio no han triunfado en la vida?
En el colegio se aprenden hechos, hechos conocidos. En el colegio hay que recordar y acumular hechos. Cuantos más se recuerden, mejores notas. A los que fracasan en el colegio no les interesan los hechos, o quizá la forma en que los cuentan (…) Eso no significa que sean estúpidos. Significa que la enseñanza académica no ha sabido estimular su imaginación.

8. Es culpa mía.
No culpe a nadie más que a sí mismo (…) Solo si se responsabiliza podrá hacer algo por arreglar las cosas.
La llamada “gente lista” consigue trabajos acordes con sus calificaciones (el pasado), no con su deseo de triunfar (el futuro).

9. No espere a que le den otra oportunidad. La que tiene entre las manos es buena.

18. La persona que no comete errores es muy probable que no haga nunca nada.

19. No es bueno acertar.
El acierto se basa en el conocimiento y la experiencia, y suele ser demostrable. El conocimiento viene de pasado, por eso es seguro. Pero es obsoleto. Es lo contrario a la originalidad (…) Si puede demostrar que ha acertado estará atado de pies y manos. No podrá avanzar.

20. Es bueno equivocarse.

21. Juegue bien sus cartas.
Como usted se perciba es como los demás le verán (*merece la pena ver este capítulo en el propio libro)

32. No intente ganar premios.
Los premios dan prestigio y el prestigio da beneficios. Pero no se fíe. Los premios los otorga un tribunal basándose en lo conocido. En otras palabras, basándose en lo que está de moda. Y como sigue sin recibir la aprobación de un tribunal, se puede decir que la originalidad está reñida con la moda.
No intente seguir modas. Sea fiel al objeto de su trabajo y tendrá muchas más posibilidades de crear algo eterno. En eso consiste el auténtico arte.

No estoy de acuerdo con todas sus ideas, pero me parecen una interesante llamada a la reflexión. Aunque este libro va enfocado al ámbito del marketing, sus consejos se pueden aplicar prácticamente a cualquier campo.. Espero que a vosotros también os resulte interesante.

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Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

Fernando Pessoa.

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Cospedal deja en la calle a los jóvenes tutelados por la JCCM

Imagina tener diecisiete años. No tener familia, ni donde caerte muerto. Vivir en un centro de menores. Y que el día en el que cumples dieciocho te pongan en la puta calle. Búscate la vida.

Los chavales del vídeo no parecen tener muy claro lo que pierden sin este programa. No sé si la oratoria no será su fuerte, si serán los nervios, si será que quizá hay cosas que las palabras no pueden expresar; pero sí sé que con dieciocho años uno no es un adulto y todavía necesita ayuda y vigilancia para aprender a crecer. No quiero hablar de lo injusto que es que estos chicos tengan que aprender a buscarse la vida tan temprano mientras otros pueden permitirse vivir a costa de los padres hasta los treinta, porque nadie dijo nunca que la vida fuera justa. Solo diré una cosa: por la supervivencia luchamos todos. Aquí comer comemos, da igual lo que haya que hacer para conseguirlo. Si abandonas a un chaval de dieciocho años en la calle sin darle tiempo a estudiar ni dinero para hacerlo no encontrará trabajo, por lo menos no en los tiempos que corren. ¿Qué crees que hará para conseguir sobrevivir? Más vale gastar unos cuantos miles de euros para permitir que nuestros jóvenes aprendan oficios y valores que criar una generación más de delincuentes y parásitos sociales.

Este texto parece más egoísta que solidario, pero no creáis ni por un momento que me preocupa más la tranquilidad y normatividad social que estos chicos. En absoluto. Pero todos conocemos a un par de personas a quienes pusieron en la calle con 16-18 años y han sobrevivido robando o vendiendo droga; y oye, no les va mal. Aunque hayan tenido que renunciar a un par de sueños e ilusiones, eso nos ocurre a todos antes o después. Uno se acostumbra a escuchar estos casos y deja de preocuparse por esta gente, seguro que se las acabarán apañando; y como ya dije antes nadie te prometió al nacer que este mundo era justo, no puedes mirar al cielo quejándote como si te hubiera fallado. Pero me parece muy hipócrita por parte del Estado asumir el cuidado de estos chavales mientras son niños y adolescentes, y luego a la puta calle y si te he visto no me acuerdo. Si asumes su cuidado lo asumes hasta el final, hasta que sean personas independientes y de provecho; y si no déjales en la puta calle igual con ocho que con dieciocho. De verdad, no hay tanta diferencia. Si no tienen dinero, trabajo ni estudios, están tan desprotegidos como lo estaría cualquier niño.

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Ser monitor de ocio y tiempo libre.

Me gustan los adolescentes. No sé, me caen bien. Les soporto. Son más razonables que los adultos y, por mucha fama de egoístas que les demos, a menudo no lo son tanto como otras personas ya creciditas. En la adultez hay demasiadas preocupaciones para sentirnos interesados por las aflicciones de los vecinos; los adolescentes suelen tener más tendencia de grupo y ello, por mucho que implique modas absurdas, conlleva también una serie de virtudes que no siempre reconocemos en su justa medida. En ocasiones parecen crueles y todo lo que tú les pongas, pero sus obstinaciones tienen cura. Ojalá se pudiese decir lo mismo de mucha gente de treinta para arriba.

Me gustan los adolescentes tirando a rebeldes. Me gustan los que incordian, dan la lata, se ríen del mundo, juegan con él y se pasan a veces un poquito. Me divierten. Me gusta seguirles el juego. Me parece un reto. Ser lo suficientemente adulta y responsable para poner límites, ser lo suficientemente cercana y divertida para que te recuerden con aprecio. No es sencillo, y creo que menos a mi edad. Soy demasiado similar a ellos, es difícil ser cercana y a la vez una figura de autoridad. En ocasiones dudo qué es correcto. ¿Qué grado de permisividad debo mostrar? ¿Hasta qué punto hago la vista gorda? ¿Qué debo guardar como secreto y qué contar a alguien con más experiencia en el tema? Lo he llegado a pasar mal planteándome estas preguntas; no tengo edad para ser responsable de nadie. Apenas llevo unos años siendo realmente responsable de mí misma.

Y todo son dudas, y miedos, y nervios, y preocuparme constantemente pensando donde estarán, si estarán bien, si les pasará algo y qué haría entonces. Entendí con veinte años como se había sentido mi madre durante toda mi adolescencia la primera noche que tuve que asumir la responsabilidad de un grupo de chavales. Jesús, qué cruz. No les puedes impedir divertirse, claro, están en la edad, pero los peligros son muchos y se te clavan en el corazón quieras o no. Y de repente te sientes como una maldita vieja (¿qué hago yo preguntándome los peligros que tendrá la noche? Por favor, tengo veinte años, ¿no debería estar más bien tentándolos?). Y como no son tus hijos, si no solo los críos que han puesto a tu cargo, pero a los que además aprecias más de los que ellos nunca se imaginarán, te toca cargar con la triple responsabilidad moral, legal y personal. Es más difícil de lo que ellos imaginan. Y entonces recuerdas los viajes del instituto y los profesores que durante varios días aguantaron estos mismos miedos para conseguir que te divirtieras. Y tú sin apreciarlo y pensando qué estrictos que son, como se pasan.

Pero absolutamente todo tiene su recompensa cuando mucho más tarde tus chic@s te dan un abrazo y las gracias, se acuerdan de ti, te agregan a facebook, te envían un mensaje o incluso una carta; cuando ves que ellos también se han hecho monitores y que de algún modo no te han terminado de olvidar. No podéis imaginar la alegría que se siente. Suponen un reto para mí, pero gracias a ellos crezco y aprendo, y comparto momentos muy bonitos, profundos y emocionantes.

Considero que son pocas las profesiones realmente éticas en el mundo. Me gustan los cocineros porque su trabajo es lo más importante del mundo, comer sano y bien. Me gustan los artistas callejeros porque su trabajo consiste en regalar sonrisas y momentos agradables. Me gusta ser monitora porque no hay nada más bonito que ayudar a crecer a adolescentes. Y no hablo de enseñar, que la lengua y las mates me resultan indiferentes, hablo de compartir la vida.

Puede que acabe teniendo dos carreras. Puede que acabe hablando correctamente los cinco idiomas que he estudiado. Puede incluso que consiga un buen trabajo. Pero de lo que más orgullosa estaré en el ámbito profesional es de las muestras de agradecimiento de mis chavales; y si algo quiero mejorar en mi vida es la capacidad de generar esas sonrisas.

Lamento una entrada tan pastelosa. Los monitores y profes me entenderán 🙂

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Geografía

Hay gente a la que le gusta recorrer el mundo. A mí me interesa más recorrer mentes; la orografía del pensamiento ajeno es mucho más gratificante de trazar. Me gustan esas personas que desde el principio captan mi atención y aquellas otras que resultan anodinas hasta que dejan de serlo. Las que son tan laberínticas que nunca sé si considerarlas normales o excepcionales. Las que me dan mil vueltas y consiguen que me pierda sin moverme del sofá.

Me gustan los pequeños gestos que me llaman la atención de las personas. Es, quizá, lo único que me anima a salir de entre las sábanas cada mañana; y no quisiera que lo único sonase a despectivo, porque no lo empequeñezco. Es lo único, pero lo es todo. Saber que quizá hoy se crucen mis ojos con una sonrisa, o una falta de ella, que me invite a indagar su pensamiento. Porque son muchos los gestos que hacen mención a una mente interesante, pequeña es la cabeza que necesita comenzar una conversación hablando.

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Gregorio Samsa

No quiero levantarme una mañana convertida en un Gregorio convertido en cucaracha, agitando mis piernas al aire con el único objetivo de llegar a tiempo a trabajar.

Hay muchos Gregorios Samsa a mi alrededor. Salimos de bachillerato convertidos en cucarachas; es ahí cuando se produce la metamorfosis. Incluso el más holgazán de la promoción -cargo con el honor- se graduó con la idea de seguir adelante en su vida. Progresar, lo llaman. Madurar. Pospón la felicidad para más adelante; ya llegarán las vacaciones, y ya harás ese viaje cuando acabes la carrera, cuando encuentres un trabajo que te lo permita, cuando te jubiles y te sobre el tiempo.

Echo de menos aquellos años de mi vida cuando mi única obligación era faltar a clase; esconderme en los baños, fumar un cigarro y estudiar de golpe todo el libro el día antes de la recuperación. Me quejaba de ir cada día por obligación a aquel maldito instituto pero pisaba más el patio que las aulas. Había normas que desobedecer y ningún castigo por ello. ¿Y ahora? Sigo encerrándome cada mañana en un edificio aburrido y gris, pero, ¡ay de mí si falta mi presencia en la silla durante más de diez minutos! ¡Qué cara pondría mi jefe si se me ocurre salir a fumar! Y ahora no es hasta que cumplas los 16, hasta que acabes la ESO. No es un trabajo de verano, ni para sacar unas pelas por las tardes, ni hasta que me ingresen la beca. Tengo que comer, ¿verdad? Y será unos cuantos años. Cuarenta y uno, en concreto, si tengo la mala suerte de vivir hasta entonces. ¿De verdad estuve alguna vez de acuerdo con tener una limosna de treinta días propios al año? ¿A convenir con la empresa?

¿Cómo coño lo aguantáis?

Supongo que este es mi primer trabajo serio. No me durará demasiado y no quiero que me dure, pero es serio en el sentido de que no tengo esperanzas -ni intención- de progresar mucho más. No tengo becas, vivo sola y el dinero no cae del cielo. No son trabajos de cuando quiera lo dejo, dependo de ello para comer. Para siempre. No estoy acostumbrada a este estilo de vida, ¿sabéis? Siempre he tenido cierta sensación de libertad. De me voy cuando quiero, convenzo al jefe de irme de puente,me largo cuatro o cinco meses a Francia porque me apetece y cuando vuelva me contratarán, y si no qué más da. Siempre he odiado sentirme atada a lugares o personas, pero esto comienza a ser peor: estoy atada al dinero. Tengo que intentar tener un buen trabajo y tengo que lograr mantenerlo. Duele darse cuenta de que cada día queda menos tiempo de libertad. De que aún se me puede ir la pinza y acabar de voluntaria en Moldavia, de au pair en Suecia o de SVE en Liubliana, pero arriesgo muchas cosas al hacerlo y cada día son más.
Pese al tono más o menos pesimista de los dos últimos días no estoy mal en el trabajo. En absoluto. Estoy haciendo un bonito intrusismo profesional en el sector del turismo sin haber estudiado nada relacionado, no cobro mal, hay buen ambiente. Dejan que entre luz natural por las ventanas -en mis anteriores empresas no- y disfrutamos de unas vistas preciosas de Madrid. Es solo que he pasado un cuarto de vida trabajando, y me queda el doble de los años que tengo, y no quiero pasarme mi existencia alegrándome y dando palmas porque en la oficina me dejan mirar por la ventana. Si lee esto alguien con muchos años de experiencia laboral, por favor, cuéntame: ¿cómo se hace para estar a gusto así? Dime algo que me anime.

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Independencia

Decían que independizarme me enseñaría a crecer, pero en realidad me ha enseñado a querer vivir.

He aprendido que da igual llegar arriba o abajo, que me la sudan los diplomas y los títulos. Lo único que quiero es la experiencia. Mirar hacia el pasado y decir: “yo hice esto” o “en esto la cagué“. Y ese aprendizaje será siempre más profundo y personal que simples palabras memorizadas de un libro.

He aprendido que me la suda el dinero, la responsabilidad económica. Que sí, que sería bonito vivir sabiendo que el mes que viene volveré a poder comer, pero no es mi caso. No tengo dinero y no pienso preocuparme por él. Seré feliz con lo que tengo, y lo disfrutaré. Dejemos eso de ahorrar a la gente tan rica de espíritu o de billetes que no tiene la capacidad de disfrutar de un capricho.

He aprendido que me la suda el tabaco y el dinero que en él invierto. He conocido más gente fumando en la puerta del trabajo que en seis años de instituto rodeada todo el tiempo de personas. Me ha quitado más penas un cigarro que cualquier amigo con palabras bienintencionadas. Me quita una parte de mi vida, sí, pero afrontemos la realidad: ¿para qué quiero una vida tan larga?

He aprendido que no por ganar más es un mejor trabajo.

He aprendido sobre la soledad. Vaya que si he aprendido. A estar sola, totalmente sola, sin compañía física ni mental, sin que nadie me comprenda ni entienda mi idioma. A estar sola físicamente, pero rodeada en la distancia de los mejores amigos del mundo. A estar físicamente acompañada, a salir de fiesta cada día hasta las 8, a tener decenas de contactos en el móvil y saber que para todos ellos se queda grande la palabra amigo. A estar conmigo misma, y puedo decir que eso ha sido siempre lo más duro.

He aprendido que la cerveza hace amigos, pero que me la sudan todos ellos. Que hay que buscar entre la mierda para encontrar a esas escasas personas que merecen la pena, que no necesitas vodka para aguantarlas.

He aprendido a apreciar a aquellos que ignoraron los 600 km que separan Burdeos de Madrid y mantuvieron el contacto cada día. A quienes no les importa que ahora viva a una hora de distancia, y siguen visitándome de tanto en tanto. A quienes no llevan la cuenta de cigarros y caladas. A quienes se toman la confianza de venir a casa y eternizar sus visitas; a ellos les adoro. A los que sabiendo que no tenía un duro para salir se han venido a casa un sábado por la noche acompañados de la cena y unas birras. A quienes no se comportan como si fuesen invitados, y si quieren cocinar cocinan, y si quieren fregar friegan. A quienes han hecho el esfuerzo en retomar una amistad que yo, sinceramente, no recordaba.

He aprendido a dar un abrazo.

He aprendido que prefiero una conversación con una persona interesante que un fin de semana de fiesta sin parar. Que si la conversación es a oscuras y de madrugada da igual de qué se hable, porque bajo la luz del cielo nocturno cualquier conversación es especial.

He aprendido que quiero vivir, sea lo que sea eso. He aprendido que no me queda clara la definición de “vida“; solo sé que no es eso que pasa entre sueños, ni entre pantallas ni libros. Que sí, que para un rato está bien, pero no quiero gastar mi tiempo leyendo la vida de otros. Quiero que mi vida sea ésa sobre la que merece la pena escribir. Quiero que cada cosa que hago me apasione, quiero sentir cada día ese hambre de hacer algo diferente, de tener siempre algún reto por superar.

He aprendido que la lavadora o las facturas son lo menos importante. Lo fácil. Que lo complicado de la vida es levantarse un domingo a horas más que indecentes, cansada, quizá de resaca, y sin compañía que te haga olvidar las penas que los domingos traen consigo y aún así tener fuerzas para aprovechar el día.

He aprendido que adoro mi ciudad. Que se me parte el alma cuando estoy lejos, que besaría el suelo cada vez que regreso y veo Madrid despertando con el alba. Siempre regreso a la hora de desayunar para sentarme en cualquier bar de la zona a ver maletines y trajes, deportivas y vaqueros, pasar rápidamente delante del cristal camino al trabajo. Me dan pena esas pobres almas que siguen un ritmo de vida tan poco natural a cambio de acumular millones en sus cuentas bancarias; yo con un vaso de zumo soy feliz.

He aprendido que no volveré a estresarme por un trabajo que no sea el de mis sueños; no me merece la pena.

He aprendido que mi memoria es una mierda y que antes o después todo esto desaparecerá de mi cabeza. Los compañeros, los amigos, los momentos, los lugares… antes o después todo pasa a ocupar un lugar inaccesible de la mente. Dentro de cinco, tal vez diez años, recordaré caras borrosas, algunos nombres, anda, ¿tú estabas allí esa noche?, no me acordaba. Será triste olvidar lo muchísimo que ha significado esta ciudad para mí. Pero hoy puedo sonreír. Porque aunque no sepa hasta cuando, de momento vivo aquí.

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Báilame el agua

Sí, sé lo que quiero.

Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones. Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca la luz del sol. La noche es mágica. Me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento. Rompe mis esquemas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, sentarme en el suelo y meterme algo de vida en el cuerpo. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar. Me recuerda que soy mortal. Me recuerda que soy normal. La noche me hace único. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

Fragmento de Báilame el Agua, de Daniel Valdés.

Técnicamente este blog trata sobre educación, no sobre cosas chachis que he leído últimamente, lo sé. Pero técnicamente todo encaja, ¿no? Todo es parte de lo mismo. La educación es parte de la enseñanza. Los valores son parte de la educación. Los valores son parte de la sociedad. La sociedad es parte de las personas. Sin reflexionar sobre personas, sociedad y valores no se puede intentar mirar más allá.

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La estrella de la mañana

De pronto se dio cuenta de lo evidente: les odiaba, y no se sentía culpable de ese sentimiento. Les odiaba por ser distintos, y por saberlo, por hacer que él se sintiera diferente aún sin pretenderlo. Eran refinados, cultos, imbéciles… No, eso sí que no era justo. ¿Imbéciles por qué, solo por ser ricos? Quizá no tuvieran la culpa. Habían nacido así y no podían saber nada más. Pensar de esa forma era, además, otro tipo de racismo.

¿Cómo le veán a él?
Fragmento de La estrella de la mañana, de Jordi Sierra i Fabra. No suelo leer nada de este autor, pero hace unas semanas me sentí tentada de releer el único de sus libros que me gustó (El loco de la colina) y al final salí de la biblioteca cargada de obras suyas. La estrella de la mañana ha sido, hasta el momento, una de las mayores pérdidas de tiempo de mi vida, pero este párrafo enconcreto merece la pena. Me gusta mucho porque describe no solo las diferencias de clase, si no las diferencias. Así, a secas.