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Independencia

Decían que independizarme me enseñaría a crecer, pero en realidad me ha enseñado a querer vivir.

He aprendido que da igual llegar arriba o abajo, que me la sudan los diplomas y los títulos. Lo único que quiero es la experiencia. Mirar hacia el pasado y decir: “yo hice esto” o “en esto la cagué“. Y ese aprendizaje será siempre más profundo y personal que simples palabras memorizadas de un libro.

He aprendido que me la suda el dinero, la responsabilidad económica. Que sí, que sería bonito vivir sabiendo que el mes que viene volveré a poder comer, pero no es mi caso. No tengo dinero y no pienso preocuparme por él. Seré feliz con lo que tengo, y lo disfrutaré. Dejemos eso de ahorrar a la gente tan rica de espíritu o de billetes que no tiene la capacidad de disfrutar de un capricho.

He aprendido que me la suda el tabaco y el dinero que en él invierto. He conocido más gente fumando en la puerta del trabajo que en seis años de instituto rodeada todo el tiempo de personas. Me ha quitado más penas un cigarro que cualquier amigo con palabras bienintencionadas. Me quita una parte de mi vida, sí, pero afrontemos la realidad: ¿para qué quiero una vida tan larga?

He aprendido que no por ganar más es un mejor trabajo.

He aprendido sobre la soledad. Vaya que si he aprendido. A estar sola, totalmente sola, sin compañía física ni mental, sin que nadie me comprenda ni entienda mi idioma. A estar sola físicamente, pero rodeada en la distancia de los mejores amigos del mundo. A estar físicamente acompañada, a salir de fiesta cada día hasta las 8, a tener decenas de contactos en el móvil y saber que para todos ellos se queda grande la palabra amigo. A estar conmigo misma, y puedo decir que eso ha sido siempre lo más duro.

He aprendido que la cerveza hace amigos, pero que me la sudan todos ellos. Que hay que buscar entre la mierda para encontrar a esas escasas personas que merecen la pena, que no necesitas vodka para aguantarlas.

He aprendido a apreciar a aquellos que ignoraron los 600 km que separan Burdeos de Madrid y mantuvieron el contacto cada día. A quienes no les importa que ahora viva a una hora de distancia, y siguen visitándome de tanto en tanto. A quienes no llevan la cuenta de cigarros y caladas. A quienes se toman la confianza de venir a casa y eternizar sus visitas; a ellos les adoro. A los que sabiendo que no tenía un duro para salir se han venido a casa un sábado por la noche acompañados de la cena y unas birras. A quienes no se comportan como si fuesen invitados, y si quieren cocinar cocinan, y si quieren fregar friegan. A quienes han hecho el esfuerzo en retomar una amistad que yo, sinceramente, no recordaba.

He aprendido a dar un abrazo.

He aprendido que prefiero una conversación con una persona interesante que un fin de semana de fiesta sin parar. Que si la conversación es a oscuras y de madrugada da igual de qué se hable, porque bajo la luz del cielo nocturno cualquier conversación es especial.

He aprendido que quiero vivir, sea lo que sea eso. He aprendido que no me queda clara la definición de “vida“; solo sé que no es eso que pasa entre sueños, ni entre pantallas ni libros. Que sí, que para un rato está bien, pero no quiero gastar mi tiempo leyendo la vida de otros. Quiero que mi vida sea ésa sobre la que merece la pena escribir. Quiero que cada cosa que hago me apasione, quiero sentir cada día ese hambre de hacer algo diferente, de tener siempre algún reto por superar.

He aprendido que la lavadora o las facturas son lo menos importante. Lo fácil. Que lo complicado de la vida es levantarse un domingo a horas más que indecentes, cansada, quizá de resaca, y sin compañía que te haga olvidar las penas que los domingos traen consigo y aún así tener fuerzas para aprovechar el día.

He aprendido que adoro mi ciudad. Que se me parte el alma cuando estoy lejos, que besaría el suelo cada vez que regreso y veo Madrid despertando con el alba. Siempre regreso a la hora de desayunar para sentarme en cualquier bar de la zona a ver maletines y trajes, deportivas y vaqueros, pasar rápidamente delante del cristal camino al trabajo. Me dan pena esas pobres almas que siguen un ritmo de vida tan poco natural a cambio de acumular millones en sus cuentas bancarias; yo con un vaso de zumo soy feliz.

He aprendido que no volveré a estresarme por un trabajo que no sea el de mis sueños; no me merece la pena.

He aprendido que mi memoria es una mierda y que antes o después todo esto desaparecerá de mi cabeza. Los compañeros, los amigos, los momentos, los lugares… antes o después todo pasa a ocupar un lugar inaccesible de la mente. Dentro de cinco, tal vez diez años, recordaré caras borrosas, algunos nombres, anda, ¿tú estabas allí esa noche?, no me acordaba. Será triste olvidar lo muchísimo que ha significado esta ciudad para mí. Pero hoy puedo sonreír. Porque aunque no sepa hasta cuando, de momento vivo aquí.

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1 thought on “Independencia”

  1. me encanto esta entrada, “he aprendido a dar un abrazo” creo que yo tambien apenas lo he aprendido, y si, se aprende a estar en soledad y aparte disfrutar de ella, todo un arte no logrado por todos…

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