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La estrella de la mañana

De pronto se dio cuenta de lo evidente: les odiaba, y no se sentía culpable de ese sentimiento. Les odiaba por ser distintos, y por saberlo, por hacer que él se sintiera diferente aún sin pretenderlo. Eran refinados, cultos, imbéciles… No, eso sí que no era justo. ¿Imbéciles por qué, solo por ser ricos? Quizá no tuvieran la culpa. Habían nacido así y no podían saber nada más. Pensar de esa forma era, además, otro tipo de racismo.

¿Cómo le veán a él?
Fragmento de La estrella de la mañana, de Jordi Sierra i Fabra. No suelo leer nada de este autor, pero hace unas semanas me sentí tentada de releer el único de sus libros que me gustó (El loco de la colina) y al final salí de la biblioteca cargada de obras suyas. La estrella de la mañana ha sido, hasta el momento, una de las mayores pérdidas de tiempo de mi vida, pero este párrafo enconcreto merece la pena. Me gusta mucho porque describe no solo las diferencias de clase, si no las diferencias. Así, a secas.

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