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Freud – El malestar en la cultura

El mundo va al revés, ya lo sabéis. Por algún motivo los estudiantes de filología que conozco tienen que hacer comentarios de texto de carácter sociológico sobre las distintas lecturas que les mandan. A los sociólogos, en cambio, no nos piden tanto eso como ser capaces de leer y comprender bibliografía en hasta cinco idiomas distintos para la realización de nuestros trabajos. Y como si fuera poco, estoy descubriendo con total asombro que Historia de la Psicología no es en absoluto historia, si no una mezcla de alemán (el inicio de la psicología fue en Deutschelandia, lo que implica que los términos también) y literatura. Qué pasión le ponían estos señores a sus libros, oye.

Uno de mis autores favoritos es Freud, pese a la pseudodemonización de sus teorías que la corriente conductual ha querido transmitir a través de los libros de texto. Pero sus textos siguen siendo increíbles, este señor igual escribe de fisiología que de política; no sé con qué nivel de acierto, pero como poco invita a la reflexión. Por eso me gustaría compartir con vosotros un extracto de su obra Sobre la agresión (1930), que, al margen de vuestra opinión sobre la psicología, encontraréis seguramente interesante:

El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluírse una buena porción de agresividad. El prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes (…)

La existencia de tales tendencias agresivas (…) es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes (…). La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre. De ahí ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos, coartados en su fin; de ahí las restricciones en la vida sexual y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo (…) Sin embargo, todos los esfuerzos de la cultura destinados a imponerlo aún no han logrado gran cosa. Aquélla espera poder evitar los peores despliegues de la fuerza bruta concediéndose a sí misma el derecho de ejercer a su vez la fuerza frente a los delincuentes, pero la ley no alcanza las manifestaciones más discretas y sutiles de la agresividad humana (…)

Los comunistas creen haber descubierto el camino para la redención de mal. Según ellos el hombre sería bueno de toda la corazón (…), pero la institución de la propiedad privada habría corrompido su naturaleza (…). El instinto agresivo no es una consecuencia de la propiedad, sino que regía casi sin restricciones en épocas primitivas (…), ya sa manifiesta en los niños (…), constituye el sedimento de todos los vínculos cariñosos y amorosos entre los hombres (…). Si se eliminara el derecho personal a poseer bienes materiales aún subsistirían los privilegios derivados de las relaciones sexuales, que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más violenta hostilidad entre los seres humanos, equiparados en todo lo restante (…)

Evidentemente, al hombre no le resulta fácil renunciar a la satisfacción de estas tendencias agresivas suyas; no se siente nada a gusto sin esta satisfacción. Por otra parte, un núcleo cultural más restringido ofrece la muy apreciable ventaja de permitir la satisfacción de este instinto mediante la hostilidad frente a otros seres que se han quedado excluídos de aquél. Siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes. En cierta ocasión me ocupé en el fenómeno de que las comunidades vecinas, y aún emparentadas, son precisamente las que más se combaten y desdeñan entre sí, como, por ejemplo, españoles y portugueses, alemanes del norte y del sur, ingleses y escoceses, etc. Denominé a este fenómeno narcisismo de las pequeñas diferencias, aunque tal término escasamente contribuye a explicarlo. Podemos considerarlo como un medio para satisfacer las tendencias agresivas, facilitándose así la cohesión entre los miembros de la comunidad [nota de Saravasti: interesantes implicaciones políticas y sociológicas. Y un interesante modo de abordar el impacto del fútbol en la sociedad]

Si la cultura impone tan pesados sacrificios (… comprenderemos mejor por qué al hombre le resulta tan difícil alcanzar en ella su felicidad (…). Si con toda justificación reprochamos al actual estado de nuestra cultura cuán insuficientemente realiza nuestra pretensión de un sistema de vida que nos haga felices (…) ejerceremos nuestro legítimo derecho, y no por ello demostraremos ser enemigos de la cultura. Cabe esperar que poco a poco lograremos imponer a nuestra cultura modificaciones que satisfagan mejor nuestras necesidades y que escapen a aquellas críticas. Pero quizá convenga que nos familiaricemos también con la idea de que existen dificultades inherentes a la esencia misma de la cultura e innacesibles a cualquier intento de reforma. Además de la necesaria limitación instintual que estamos dispuestos a aceptar, nos amenaza el peligro de un estado que podríamos denominar “miseria psicológica de las masas“. Este peligro es más inminente cuando las fuerzas sociales de cohesión consisten primordialmente en identificaciones mutuas entre los individuos de un grupo, mientras que los personajes dirigentes no asumen el papel importante que deberían desempeñar en la formación de la masa.

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