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La pizzería

He entrado al trabajo andando rápidamente, dirigiendo mis pasos firmemente hacia los vestuarios. Apenas había cruzado la puerta de la cocina (la primera de todas las que hay que atravesar para llegar a los cambiadores) cuando escuché a mi jefe gritar mi nombre en tono muy serio por detrás.

Ya está, ya la he liado. Ayer dejé el local hecho una mierda. Prepárate para la mayor bronca de toda la hist…

¿Qué tal estás? Me ha contado que ayer te encontraste mal– me dice en un tono de voz dulce y cálido desde el otro lado del pasillo.

Le agradezco su interés, le cuento que me bajó la tensión, pero que ya me encuentro mucho mejor. Él insiste. ¿Seguro que estás bien?, ¿de verdad?, si te encuentras mal en cualquier momento dímelo, ¿vale? Vuelve a la cocina tras dedicarme una amable sonrisa. Un verdadero encanto de jefe.

A lo largo de la tarde se acercan todos los trabajadores que me ven a preguntarme qué tal me encuentro. O me vieron anoche, o han escuchado lo pálida que estaba. Y en este punto tengo que decir que yo no soy precisamente sociable, que  a la empresa voy a currar y tiendo a relacionarme con la gente menos que los demás; pero mírales, qué encanto que son todos, preocupándose por mí. Me cuenta una de las chicas que ayer, sin que yo me enterase, le pidió al encargado sustituirme en las tareas de cierre para que yo pudiese irme pronto a casa, pero él se negó. De él me lo esperaba, ese encargado es, digamos, especial. Pero que ella se ofreciese a sustituirme un viernes por la noche hasta las tantas, y además sin decirme nada, sin hacer alardes, por preocupación verdadera y no por quedar bien o por demostrar ser buena compañera… eso es compañerismo. Eso es ayuda. Eso es humanidad. Ya ve: su Ministerio es incapaz de tender una puta mano para solucionar la situación que estamos viviendo todos los estudiantes que, a dos meses del final de curso, seguimos esperando la beca; son mis compañeros de trabajo los que con una sonrisa me alegran el día y me dan ánimos cuando estoy cansada, aunque yo sea tan antisocial que pase mi tiempo más concentrada en las pizzas que en estas estupendas personas que me rodean.

En algún momento indeterminado de la tarde se me ha caído al suelo el tupper de la carne de vacuno. 4 o 5 kilos. Carne. Cara. He mirado apuradísima a mis jefes, al ver la cantidad de comida que se ha desperdiciado. Me van a matar. Veo sus miradas deslizarse al suelo y subir lentamente hasta encontrarse con mis ojos. Acojonada.

Respondo a sus miradas… y me encuentro con dos sonrisas.
¡Anda queee! Vale que dije que sobraba carne y que echaseis más en las pizzas, pero tal vez esto es pasarse. Curioso tu método de controlar los excedentes de materia prima, ¿eh? Muy eficaces– bromean.

Ya ve. Si es que hasta esta gente, que está puteada currando 50 horas por semana en un trabajo de mierda, que ha tenido que dejar los estudios por motivos varios y ahora se encuentran sin otra salida profesional que trabajar poniendo bacon, jamón y extra de mozzarela, es mucho más humana, cálida y comprensiva que usted y casi todos los trabajadores que de su Ministerio dependen, que me hablan de malos modos cada vez que les suplico que me expliquen qué pasa con mi beca, respondiendo frases tan agradables como “si no tienes dinero, no haberte puesto a estudiar“.

Y supongo que puedo agradecer el encontrar este ambiente tan acogedor, ya que gracias a usted mi futuro se haya en él.

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