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Erasmus

Hace dos meses.

Insistía oficina Erasmus de mi universidad: tienes que decirnos para mañana los destinos que quieres solicitar, por orden de prioridad. Además, tienes que entregarnos la documentación que te falta. Si no haces alguna de las dos cosas para mañana se entiende que renuncias a la beca Erasmus… no por nada, pero es que hace quince días que cerró el plazo y ya va siendo hora de que nos envíes los papeles, nena.

Yo: Vale. Renuncio a la beca.

Es que me pedían muchos papeles, jo. Y estoy en contra de la tala de árboles. Y de madrugar para ir a imprimir a la uni (nota: en mi universidad imprimir es gratis, pero tienes que pelearte con los 8000 estudiantes de la uni para conseguir una de las 8 impresoras disponibles, no puedes ir muy tarde. Tienes que estar temprano, a eso de las doce o la una). Y la vida en Madrid me va muy bien, gracias.

Ayer por la mañana.

Me da por leer la base de la convocatoria Erasmus, y un par de puntos en ella me hacen intuir que serán menos severos con los criterios de beca general para los Erasmus que para los estudiantes en España. Jo, ¡si hubiese pedido la Erasmus! Qué tonta fui al renunciar.
20 minutos más tarde me llega un email de la oficina Erasmus. Los que no hayáis venido todavía a firmar el acuerdo de la Erasmus, tenéis que venir ya, que el plazo terminó hace 6 días, coño ya.
Y a todo esto que se me ocurrió llamar a la oficina Erasmus para preguntar si había recibido beca o no, porque pedí que me excluyesen del proceso de selección, pero siguen enviándome emails, y no sé yo…

Lo siento, no facilitamos esa información por teléfono. Tenías que haber venido a verlo a la facultad, que lleva colgado más de un mes.
Hummm.. creo, y digo creo, que debería empezar a pasarme más por clase.
Ya, pero como no pensaba que me fueseis a dar plaza…
Anda, espera un momento– dice el señor. Se aleja del teléfono para consultar discretamente a su superior. Y cuando digo “discretamente“, quiero decir “gritando de tal modo que no me hacía falta el teléfono para escuchar la conversación”. Vamos, que de la resolución de la Erasmus me enteré yo, se enteró mi compañera de piso y no me molesté ni en llamar a mi madre, porque vive a apenas 70 km de la facultad, debió de escuchar algo también.
QUE ES LA SARAVASTI, QUE DICE QUE SI LE HEMOS DADO BECA ERASMUS O NO, PORQUE DICE QUE SE SALIÓ DEL PROCESO DE SELECCIÓN. ¿LE DIGO QUE SE LA HEMOS DADO A PORTUGAL? ¿NO? AH, BUENO, ENTONCES NO SE LO DIGO– y volviéndose al teléfono- no, nada, que no te podemos decir nada, te tienes que pasar por aquí.

Este tío es gilipollas.

Esta mañana.

¿Portugal? ¿Quién cojones se va de Erasmus a Portugal? Coño, ¿qué será lo próximo? ¿Erasmus a Toledo?
Pero lo cierto es que adoro el portugués y que si no pedí la Erasmus a Portugal era porque lo consideraba demasiado cercano. Pero seamos serios, COMIDA BARATA. Ah, y que ya hablo inglés y francés y estudio alemán y lo odio, así que el portugués era la única opción válida de idioma nuevo que podía aprender con la Erasmus, y COMIDA BARATA. Sí, me convence.

Esta mañana he ido a firmar los papeles. Me han dado dos hojas con un firme aquí debajo. Me he quedado mirándolas.
Oye, que yo las firmo y tal; pero antes, ¿me cuentas algo de mi Erasmus, porfa? Yo qué sé, las cosas básicas… qué aporte económico da la universidad… qué papeleos tengo que hacer… dónde coño es, y en qué fechas… 
– Seis meses, a Nosedonde en Portugal.
– Ah, ya… ¿y dónde queda Nosedonde?
Busco en Google Maps. Es un pueblo del sur de Portugal. Me empiezo a reír yo solita.
– ¿Y a ti qué te pasa?- me dice medio mosca el
– Que no me lo creo. Toda la vida soñando con mudarme a una ciudad y ahora que he conseguido venir a Madrid, me largo de Erasmus a un pueblecito del sur de Portugal.
– Pero tú lo pusiste en tus destinos, ¿no?
Me río más fuerte.
¿Destinos? No, hijo, no… debo de ser la única pringada que no pide la Erasmus, y van y se la dan.

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Dejar la universidad

Estimado Wert,

hoy puede sentirse el orgulloso motivo de que deje de la universidad presencial. Una estupenda labor como Ministro de Educación.

Estoy cansada de luchar cada maldito día con una burocracia universitaria que se desentiende tantísimo de sus estudiantes. Cansada de recibir miradas de odio ante cada crítica a este sistema educativo de mierda. Cansada de que los profesores no entiendan que somos personas, no robots. “Podéis faltar a un 5% de las clases; esto es, no más de dos días. Me da igual la causa. Puede estar justificadísima, me da igual que estéis en el hospital, que trabajéis o que tengáis un entierro, habréis suspendido la evaluación continua“; pero mientras tanto ellos tienen vacaciones, días por enfermedad propia, enfermedad de un familiar, bodas, muertes, días moscosos… coño, ¿y yo qué? A mí no me pagan por venir aquí, ¿y no tengo ni un puto día de descanso para mis asuntos? Porque tengo vida fuera de esta universidad y es tan importante como la suya, ¿sabe?

Y encima, con el rollo este de Bolonia, cágate lorito, que las clases no son más que una distracción vaya usted a saber para qué. En las clases los profesores se enrollan, te cuentan su vida, sus estudios, todo muy interesante. De verdad, mucho. He tenido profesores estupendos en ese aspecto. Pero luego, cuando se acerca el examen, ves que la bibliografía básica de todas y cada una de las asignaturas está formada por 1000 páginas de libros de los que no has escuchado hablar, más un trabajo semanal sobre textos adicionales, más una práctica en clase, más un essay final sobre.. venga, que mis días tienen 24 horas, como los tuyos, ¿sabes? Y encima en el examen no te preguntan cualquier cosa, nooooo. ¿Que el libro tenía 400 páginas? Uy, pues en la 253 había cuatro líneas apasionantes sobre los hábitos de consumo de los freelance madrileños, ¿qué tienes que decir al respecto? Cuenta 3 puntos sobre la nota final.

Por no hablar de otras clases que no tienen en cuenta que hay gente para las que son totalmente absurdas. Hablo por ejemplo de las clases de idiomas. Que está muy bien eso de tener clases de francés, y que sean obligatorias para quien no lo hable; pero coño, si en tu clase hay gente que ha nacido en Francia, ha crecido en Francia y ha vivido en Francia toda su maldita vida, deja ya de acosarles con los verbos auxiliares, que ya lo tienen bastante conocido. No es mi caso, claro. A mí el coñazo me lo dan con las clases de excel. Son obligatorias, faltar a una sola implica el suspenso. Que está muy bien eso de aprender ofimática en la uni, pero me hice un FP de Auxiliar Administrativo. 9 meses de mi vida dedicando al menos una hora diaria a este maldito programa. Creo que ya tengo superado lo de cómo poner títulos en negrita. Siento que me va a dar un ataque de histeria cada vez que la profesora centra el texto en la celda y la gente la mira como si hubiese hecho magia negra, y tiene que dedicar 15 minutos a explicar cómo lo ha hecho. Pffffffffffffffffffff. Y encima, no te lo pierdas, que como si no fuese suficiente con obligarnos a ir a esa clase absurda, quiere que entremos en el campus virtual por las tardes para practicar lo aprendido; dice que el sistema le permite ver cuántas veces hemos entrado, y que nos calificará sobre ese trabajo. Coño, me siento como si mi profe me obligase a ver los teletubbies en mi tiempo libre. Con la de cosas que podría estar haciendo en su lugar.

Estoy cansada de todo este rollo. Y mira que amo esas clases, los debates que en ellas se general, los interrogantes que me plantean. Pero para usted, señor Wert, lo único que cuenta es la media. Así que voy a dejar de ir a esas clases, porque, admitámoslo, no ayudan una mierda para la nota final. Voy a dedicar las horas diarias que tengo de clase a estudiar en casa. Hablaré con los profesores; habrá quien lo entenderá, y habrá quien me mandará a la mierda, pero sé que es la única solución que queda.

Wert, pásese cuando quiera por la facultad de Políticas de la UCM. Vea el estado de nuestras aulas, observe la calidad de la enseñanza,vea cómo nuestra biblioteca tiene a la vez dos récords: más grande, y más destartalada. Y contemple sobretodo la rabia de los estudiantes. Rabia, hacia usted.

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Camino de Santiago

Hoy, y ahora, debería estar leyendo como loca el libro que no tengo porque no pudo pagar, y de cuyo contenido me examino en poco menos de 4 horas. Otros 0,3 puntos de mierda en la nota final. Hoy no es, para nada, el momento para preocuparme de estudiar 200 páginas del libro, tengo más cosas que hacer. Estoy organizando el Camino de Santiago para 35 estudiantes de intercambio, algunos de los cuales ni siquiera viven en España. Gestionar reservas, transportes, transferencias internacionales de dinero, llevar la contabilidad, redactar los permisos legales, elegir las actividades y el material, encargarme de la comunicación con los participantes, con los padres, enviar periódicamente notas informativas, reservar plaza en los restaurantes, elegir menús adecuados para el vegetariano, el celíaco y el que detesta las lentejas; buscar información sobre las obligaciones legales de los campamentos en Galicia, encontrar voluntarios dispuestos a participar, leer sobre rutas, geografía y concellos, ¡una maldita locura! Desde que comencé a preparar todo esto hace ya 18 días no hago otra cosa que hablar por teléfono y redactar emails para conseguir que esta actividad salga perfecta; y sólo los domingos puedo dedicarme plenamente a ello.

La actividad es para una ONG en la que hago voluntariado. Claro que esta vez no es voluntariado, me pagarán por realizar la actividad, dado el lío que conlleva: es decir, que para mí es como si fuese un trabajo. Y dado que sigo esperando la resolución de mi beca, mi prioridad es trabajar para poder pagar el alquiler. Esto es mi prioridad. Gestionar reservas, transportes, transferencias de dinero, llevar la contabilidad, redactar permisos legales, elegir actividades y comprar el material, encargarme de la comunicación con participantes y con sus padres, elegir menús adecuados e informarme sobre la geografía gallega. Porque de ello vivo.

¿Y cuando acabe por hoy? Bien, cuando acabe por hoy con esta locura, tampoco tengo tiempo. Me espera una laaaaaarga tarde estudiando física, asignatura que sólo he estudiado durante un trimestre en toda mi vida. ¿Que por qué estudio física? Pues por trabajo, claro. En la academia en la que trabajo, la física no se va a enseñar sola. Así que a estudiar las energías, el calor, el movimiento, a preparar unidades didácticas… Sin ayuda y sin libros, pero con ánimo y valentía. ¿Y qué si no he tocado un maldito número desde que acabé la ESO?, ¿y qué si la última vez que estudié algo de ciencias ni siquiera me había comenzado a depilar?

Y ya, una vez me haya asegurado que esta semana podré hacer frente a mi trabajo y podré ganar el pan una vez más, me podré centrar en estudiar.

Y no sacaré un 7 de media, pero creo que mi trabajo, mi esfuerzo, y todo lo que estoy haciendo por sacar esto adelante no se expresa en números, señor Wert.

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La pizzería

He entrado al trabajo andando rápidamente, dirigiendo mis pasos firmemente hacia los vestuarios. Apenas había cruzado la puerta de la cocina (la primera de todas las que hay que atravesar para llegar a los cambiadores) cuando escuché a mi jefe gritar mi nombre en tono muy serio por detrás.

Ya está, ya la he liado. Ayer dejé el local hecho una mierda. Prepárate para la mayor bronca de toda la hist…

¿Qué tal estás? Me ha contado que ayer te encontraste mal– me dice en un tono de voz dulce y cálido desde el otro lado del pasillo.

Le agradezco su interés, le cuento que me bajó la tensión, pero que ya me encuentro mucho mejor. Él insiste. ¿Seguro que estás bien?, ¿de verdad?, si te encuentras mal en cualquier momento dímelo, ¿vale? Vuelve a la cocina tras dedicarme una amable sonrisa. Un verdadero encanto de jefe.

A lo largo de la tarde se acercan todos los trabajadores que me ven a preguntarme qué tal me encuentro. O me vieron anoche, o han escuchado lo pálida que estaba. Y en este punto tengo que decir que yo no soy precisamente sociable, que  a la empresa voy a currar y tiendo a relacionarme con la gente menos que los demás; pero mírales, qué encanto que son todos, preocupándose por mí. Me cuenta una de las chicas que ayer, sin que yo me enterase, le pidió al encargado sustituirme en las tareas de cierre para que yo pudiese irme pronto a casa, pero él se negó. De él me lo esperaba, ese encargado es, digamos, especial. Pero que ella se ofreciese a sustituirme un viernes por la noche hasta las tantas, y además sin decirme nada, sin hacer alardes, por preocupación verdadera y no por quedar bien o por demostrar ser buena compañera… eso es compañerismo. Eso es ayuda. Eso es humanidad. Ya ve: su Ministerio es incapaz de tender una puta mano para solucionar la situación que estamos viviendo todos los estudiantes que, a dos meses del final de curso, seguimos esperando la beca; son mis compañeros de trabajo los que con una sonrisa me alegran el día y me dan ánimos cuando estoy cansada, aunque yo sea tan antisocial que pase mi tiempo más concentrada en las pizzas que en estas estupendas personas que me rodean.

En algún momento indeterminado de la tarde se me ha caído al suelo el tupper de la carne de vacuno. 4 o 5 kilos. Carne. Cara. He mirado apuradísima a mis jefes, al ver la cantidad de comida que se ha desperdiciado. Me van a matar. Veo sus miradas deslizarse al suelo y subir lentamente hasta encontrarse con mis ojos. Acojonada.

Respondo a sus miradas… y me encuentro con dos sonrisas.
¡Anda queee! Vale que dije que sobraba carne y que echaseis más en las pizzas, pero tal vez esto es pasarse. Curioso tu método de controlar los excedentes de materia prima, ¿eh? Muy eficaces– bromean.

Ya ve. Si es que hasta esta gente, que está puteada currando 50 horas por semana en un trabajo de mierda, que ha tenido que dejar los estudios por motivos varios y ahora se encuentran sin otra salida profesional que trabajar poniendo bacon, jamón y extra de mozzarela, es mucho más humana, cálida y comprensiva que usted y casi todos los trabajadores que de su Ministerio dependen, que me hablan de malos modos cada vez que les suplico que me expliquen qué pasa con mi beca, respondiendo frases tan agradables como “si no tienes dinero, no haberte puesto a estudiar“.

Y supongo que puedo agradecer el encontrar este ambiente tan acogedor, ya que gracias a usted mi futuro se haya en él.

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Viernes

Me llamará usted pesada, no lo dudo. O quejica, tal vez. Pero, créame, es la única persona a la que puedo dirigir estas cosas. Porque si le cuento a mi familia lo que ocurre, se preocupa; si se lo cuento a mis amigos pensarán que exagero, o les importará un bledo; si se lo cuento a mis compañer@s de trabajo, sencillamente me mirarán con resignación, pues sus vidas son iguales o peores. Así que se lo cuento a usted, el responsable de que mi vida vaya a continuar así laaaaargo tiempo.

Hoy, viernes, me tocaba trabajar en la pizzería por la noche. No llevaba más que una hora allí cuando empecé a encontrarme mal. Ya me había dado cuenta de que hoy estaba especialmente lenta al colocar los ingredientes, no comencé a preocuparme hasta entonces. Me sentía como sin fuerzas. Como cansada. Me costaba un poco respirar. Se me nublaba la vista al colocar los utensilios en la zona de secado, a la altura de mi cabeza. Ufff. Salgo corriendo al baño.

– ¿Dónde vas? -me dice el encargado-. Hay pizzas por hacer.

Le suplico que me deje ir al baño, que me encuentro mal. Se limita a mirarme con el ceño fruncido. Una de mis compañeras intercede por mí. “Déjala ir, ¡mira que si vomita aquí, encima de todas las pizzas y delante de los clientes!“. Voy. Bebo agua. Me aflojo el sujetador. Humedezco mi cara con agua fría. Vuelvo al trabajo.

Pero se vuelve peor. La vista se me nubla a cada movimiento; soy incapaz siquiera de fregar un vaso. Me arde la cabeza como jamás había experimentado, producto del calor infernal que aguantamos las chicas de cocina. Me cuesta respirar, me cuesta mucho, tengo que concentrarme en ello y hago ruido al intentarlo. Me desconcierta profundamente. Una bajada de tensión no produce problemas respiratorios. No soy asmática. No es ansiedad, porque jamás he tenido una crisis y porque no siento miedo, sólo ganas de irme de aquí.

Intento continuar con las pizzas y una compañera, la última que queda, me ve jodida. Me pregunta qué me pasa. Me doy cuenta de que si el jefe se entera de que me encuentro tan mal que no puedo dar dos pasos seguidos sin comenzar a ver en negro, le joderán a ella y le pedirán que me cambie el turno, y que salga a las dos de la mañana; y eso es una señora putada en viernes noche. Así que intento fingir estar bien y le respondo que nada, que sólo estoy algo mareada. No tengo fuerzas para hablar, la voz me sale terriblemente temblorosa, parece que intento contener las lágrimas, cuando lo que en realidad intento es contener las fuerzas. Que le jodan a la pizza. Me voy al almacén poniendo la excusa de que falta cualquier ingrediente, cierro la puerta por dentro y me tiro al suelo intentando reunir fuerzas para volver a levantarme.

Escucho pasos, viene el encargado. Cojo lo primero que pillo y salgo. En vez de ir a cocina, me voy al baño. Cierro la puerta y me escondo en el aseo, sentada sobre el WC. Escucho a mi compañera pasar a los vestuarios a quitarse el uniforme; se va a casa. Ahora soy la única auxiliar de tienda que queda: antes o después, el encargado me echará en falta en cocina. Me importa una mierda. Dejo pasar el tiempo mientras el repartidor, ajeno a mi estado, realiza mi trabajo de limpieza, preguntándose, posiblemente, dónde estaré yo, y cagándose en todo mi árbol genealógico al fregar los cubiertos y ordenar pizzas.

He pasado más de una hora así. Más de una hora con la tensión hecha mierda, deseando perder del todo la consciencia, que alguien llame a una ambulancia, que me lleven a otro sitio y que le jodan al local, a sus cacharros para fregar, a la zona de secado elevada, a las neveras bajas que me obligan a agacharme continuamente, y a sus cajas de hasta 12 kilos que constantemente hay que transportar de un lado a otro. Pero el cuerpo, aunque fuerte, es tonto, y hace todo lo posible por resistir. Y aunque no me lo creía, tras hora y media recuperé las fuerzas y pude continuar con las tareas de cierre del local. Limpia, frota, barre, friega, seca, guarda, ordena, pesa… pensé que no acabaría nunca; he perdido un valiosísimo tiempo de trabajo escondiéndome del encargado para intentar sobreponerme a mis mareos, y ahora, a la hora de cerrar, se paga. Pero a eso de las 02.15, el encargado, que ha quedado para irse de fiesta, me dice que me largue.

He dejado el local hecho un desastre. Mañana el jefe nos echará la peta– digo.
Sí, lo sé… Bueno, les contaré que comenzaron a darte mareos y que me ha tocado guardar y ordenar casi todo a mí… todo, de hecho.

Le miro a ver si bromea, si miente o si exagera, pero en su cara no se refleja ninguna de estas tres posibilidades. Mientras yo, al borde del desmayo, he fregado todos los malditos utensilios y gran parte de la cocina; mientras mi compañera ha recogido y limpiado la mesa y los hornos para ahorrarme trabajo, mientras el repartidor hacía horas extra fuera de sus labores contractuales para limpiar y ordenar los dos almacenes… al final, el que se llevará el mérito, será el encargado que se pasó la noche en su despacho comiendo pizzas.

Y la hora extra no me la pagan.

He llegado a casa a las 03.36 a.m. Con la noche que he tenido, mi cuerpo y mi lógica me reclaman dormir. Pero no puedo. Porque el domingo tengo examen (sí, ha leído usted bien, el domingo). Son 200 páginas y cuenta un 0,3% de la nota final; en situaciones normales me reiría y pasaría olímpicamente de un examen que exige tanto esfuerzo para tan poca recompensa, pero no puedo. Como a usted no le sale de la corbata dar becas a la gente en mi situación, tengo que asegurarme de sacar matrícula de honor en todas las asignaturas de mi segunda carrera, para saber que, al menos, no tendré que pagar matrícula el año que viene. Y aquí estoy. Son las 4 de la mañana, y me voy a estudiar psicología. Buenas noches, querido Wert, que descanse usted que puede.

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Al Ministerio de Educación

Antes de ayer se cumplieron 5 meses desde el día en que pedí la beca general. 5 meses que llevo esperando los entre 3500 y 6000 euros que me corresponden. 5 meses abriendo a diario el correo, llamando frecuentemente a las administraciones públicas responsables de este dinero -aunque, por supuesto, nadie sabe nada, nadie puede hacer nada, y lo único que puedo hacer es, según ellos, esperar.

En estos cinco meses he trabajado en un montón de sitios. He sido repartidora de prensa, coordinadora de campamentos, promotora, teleoperadora, comercial, profesora, encuestadora y pizzera. Muchas de estas cosas a la vez. He tenido jornadas laborales que han acabado a las 2 de la mañana, teniéndome que despertar a las 6 de la mañana para entrar a trabajar, otra vez, hasta las diez de la noche. Y sigo mirando día a día el correo, esperando ese e-mail del ministerio que me confirme que mi beca ha sido concedida, y que puedo permitirme dejar alguno de los cuatro trabajos que tengo en la actualidad. Pero no llega. Y sigo, día a día, acumulando trabajos de clase, acostándome a las tantas para poder estudiar en la noche lo que no puedo en la tarde, faltando a clase porque el cansancio que acumulo me impide dar un paso más allá de la cama. Mi vida social se ha reducido a la nada, en parte por la falta de dinero, y en parte por la falta de tiempo libre. Y día tras día, aquí sigo. Luchando. No tengo un duro, he pasado semanas alimentándome a base de pasta, podría escribir un libro sobre métodos y técnicas para colarse en el metro. Tengo anemia, y vergüenza cada vez que un empleado de Seguridad me mira haciendo como que no me ve, al colarme en el tren en esos primeros días del mes, antes de cobrar mi salario.

Día a día sueño con la beca. Soñaba. Porque según se va acercando el fin de curso ya me da lo mismo recibirla o no. Por culpa del dinero y del trabajo he tenido que faltar ya demasiadas veces a las clases, ya mi nota no es recuperable, por mucho que lo intente. Ya no sueño. Porque si me diesen mañana la beca, seguiría trabajando. Porque me he acostumbrado a sonreír y dar los buenos días por las mañanas a los usuarios de Metro, dándoles el Qué en mano; porque aprendo más dando clases de química en la academia que yendo a mis lecciones de la universidad; porque preparar pizzas con ese horrible uniforme, recibiendo continuas llamadas de atención por tardar más de 4 minutos en el proceso, es la única tarea lo suficientemente mecánica y repetitiva como para conseguir que olvide durante unos minutos que no sé con qué pagaré el alquiler el mes que viene.

Sé que esto no es culpa suya, Wert, pues estas becas las concede el anterior gobierno. Pero, ¿sabe qué es peor que recibir la beca tan tarde? Saber que, por culpa de esto, no las va a volver a recibir. Métase su siete de media donde le quepa, señor Wert. ¿Sabe cuáles eran mis planes para el año que viene, si recibía beca? Terminar mi primera carrera, sociología -sí, en mi tercer año, porque no necesito más-, continuar con tercero de mi segunda carrera -psicología- y comenzar con una o dos asignaturas de bioquímica, carrera que quería estudiar tras sociología, pues tenía un gran interés en la investigación del comportamiento humano, tanto a nivel psicosocial como en lo referente a neuropsicología. Gracias a usted, seré pizzera.

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Estimado José Ignacio Wert,

no sé cómo empezar esta carta que usted, claro, jamás leerá. Pero de algún modo hay que empezarla, para ahogar con el papel los sentimientos que de otro modo, expresaré dando dos señoras bofetadas al primer trabajador del Ministerio de Educación que me cruce en esta vida.

No me llame violenta, llámeme frustrada. Como otros tantos estudiantes. Y es que desde ayer, estimado ministro, he admitido que el año que viene dejaré mis estudios. La causa es usted. No soy la única que va a hacerlo. El por qué, se lo detallaré en los siguientes párrafos.

Verá, Wert, mi familia no tiene un duro. Empecé a trabajar a los 16, la mitad del tiempo en negro, y gracias al dinero que yo misma ganaba podía pagar el transporte, la factura del móvil, mi comida, la Escuela de Idiomas… las matrículas, por suerte, siempre fueron gratuitas, pues recibí becas del gobierno cuando comencé la universidad. En mi provincia los libros son gratuitos en la ESO; más adelante me pagó alguno mi madre con mucho esfuerzo, otros me los prestaron muy amablemente mis profesores, y otros, al no poder conseguirlos… bueno, milagros he tenido que hacer para aprobar esas asignaturas. Milagros.

Estudio dos carreras, porque amo ambas. Y digo amo. Porque adoro esos libros, porque daría cualquier cosa por poder pagarlos todos y guardarlos para releerlos, porque soy plenamente feliz en esas clases, porque mi día favorito del año es aquel en el que empiezan los exámenes. Por desgracia, no puedo ir siempre a la universidad, ni puedo pagar los libros, ni siquiera puedo ir muchas veces a los exámenes, porque mi trabajo me lo impide. Si no trabajo no puedo pagar el piso en el que vivo. Y si trabajo, ¡qué desastre! Porque compagino cuatro empleos, y aún así no llego a final de mes. Y no es raro que una noche llegue a casa más allá de las dos de la mañana de la pizzería; me levante a las seis para repartir periódicos, vaya a alguna clase, si me da tiempo; después a la academia en la que doy clases, y luego me dedique a organizar un proyecto de mi ONG, que, en este caso, es remunerado. Los profesores no siempre entienden que el pan que como lo pago yo. Gracias a Bolonia, me han llegado a suspender sin derecho a recuperación siquiera, por haber faltado a un par de clases debido al trabajo. Y no lo entienden, ni les entiendo yo. ¡Qué no daría por poder ir a clase a diario!

Mis libros de este año tienen más de 700 páginas por asignatura. 700 páginas llenas de contenidos que adoro, pero que tengo un tiempo mínimo para estudiar. El año pasado dediqué, de media, menos de 10 horas anuales por asignatura, contando preparación de exámenes y trabajos. Diez horas sacadas de mi tiempo de sueño. Exámenes a los que he asistido sin comer, sin dormir o de empalmada. Agradezco su confianza en mí, señor ministro, al pensar que en estas condiciones pueda sacar más de un 7 de media, pero considero que el milagro es que apruebe. Es más, aunque sacase un 10, ¡esto es Bolonia! ¡He faltado a clase! ¡Castigada con un 5!

Jamás llegaré a la media que quiere usted solicitar a los aspirantes a las becas generales. Tampoco puedo pagar la matrícula. Soy consciente de ello: el año que viene dejo los estudios. Gracias a usted.

Y mire que no me considero tonta. Llámeme narcisista. Pero si tengo 20 años y he estudiado dos modalidades de bachillerato distintas, un FP de grado medio, hablo tres idiomas aparte del castellano, estoy en mi segundo año de dos carreras distintas y ya voy por tercero de carrera, si trabajo desde los 16, si llevo 3 años dedicándome a la enseñanza en academias privadas; si soy de letras, pero mi trabajo consiste en dar clases de química y matemáticas a hijos de ministros y grandes empresarios; si me dedico a preparar a chavales para Selectividad y para exámenes de acceso a centros de enseñanza privados; si a pesar de la crisis jamás me ha faltado trabajo, si he sabido torear las leyes de Educación para simultanear FP y Bachillerato estando prohibido, si soy capaz de compaginar 4 trabajos, dos carreras y voluntariado; si he corregido a trabajadores de su propio Ministerio en lo referente a leyes de educación (que tiene ovarios que me las sepa yo mejor que ellos), si siempre he sabido buscarme las cosquillas para encontrar becas y trabajos pese a que nadie me ha enseñado… Pues hombre, tonta no me considero, no. Aprovecharía las becas tanto, o más, que cualquier persona con una renta algo superior, por mucha mejor nota que tenga.

No tengo para pagar los libros. No puedo ir a los exámenes. No puedo pagar las gafas que necesito para leer y no veo la pizzara. Pero si tuviese los medios, me comería el mundo. Sin tenerlos, fíjese todo lo que he hecho ya en esta vida, y eso que apenas le he contado la mitad.

¿Sabe cuánto invertí para estudiar francés en Francia sin beca alguna? 300 euros. Su beca consiste, creo recordar, en 1745. ¿Sabe cuánto tiempo permanecí en este país por ese dinero? 4 meses. Su beca está destinada a 3 semanas. ¿Sabe cuánto aprendí en esta estancia? Lo suficiente para aprobar francés en Selectividad con cerca de un 8, sin haber ido a ninguna academia (por el precio) y habiendo llegado sin ningún conocimiento del idioma. Con las becas de idiomas del anterior gobierno, muy similares a las suyas, aprendí 9 palabras en inglés. ¿Qué le parecen las cuentas?

¿Sabe lo que podría hacer con 1700 euros de beca de idiomas? MILAGROS. No es por faltarle el respeto, pero visto su método para recortar gastos en el Ministerio, creo que de esto entiendo yo más que usted. Yo necesito 300 euros por estudiante para que estudien todo el verano. Será que la pobreza agudiza el ingenio. Pero es estupendo ver cómo usted prefiere mantener las vacaciones pagadas a estudiantes con nota por encima del 7. Seguro que se aprende mucho inglés en las discotecas de Malta.

Que tenga buenas noches, José Ignacio, usted que puede. No deje que el estar echando por tierra los sueños e intereses de miles de estudiantes con mucha valía, pero mucho trabajo, le cause insomnio.